CARLOS ALBERTO MONTANER: El obispo y el presidente
Frente a frente
Ya el ex obispo Fernando Lugo es presidente de Paraguay. Magnífico. Llega al poder en
medio de grandes ilusiones nacionales. Lo respalda el 93% de la población. Su toma de
posesión discurrió elegantemente. Sólo hubo un contratiempo menor: la secretaria o
ministra de la Mujer, Gloria Rubin, protestó con justa indignación por la invitación
cursada a Daniel Ortega y el nicaragüense decidió no acudir a Asunción. El rechazo de la
señora Rubin no tenía un origen político sino moral: le parecía inaceptable que un
gobernante acusado de violar a su hijastra Zoilamérica Narváez desde que era una niña,
participara de la ceremonia inaugural de un gobierno que ha decidido adecentar la
percudida vida pública paraguaya. Era una contradicción intolerable. También pudo haber
criticado la presencia de Hugo Chávez, que golpeaba a su última esposa Marisabel Rodríguez
con furia bolivariana, pero esas agresiones, sin duda, tenían menos entidad que el delito
horroroso que le imputan al líder sandinista.
En España existe un viejo dicho popular que seguramente tuvo un origen religioso: "no
es lo mismo predicar que dar trigo''. Los curas, en general, son buenos predicando. Es una
vieja tradición de la Roma pagana que la Iglesia incorporó a sus hábitos y saberes. Todo
esto viene a cuento de la profesión del señor Lugo. Hasta hace poco tiempo su trabajo
consistía en señalar males, denunciar vicios y reclamar justicia. En esa época el obispo
Lugo predicaba. Ahora el presidente Lugo tiene que dar trigo. Es decir, tiene que corregir
los graves problemas que aquejan a la sociedad paraguaya. Ya ha explicado que ha optado
por los pobres, como corresponde a alguien que se dice partidario de la teología de la
liberación, algo que no parece muy descaminado tratándose de Paraguay. Salvo Bolivia, no
hay otro país tan improductivo en toda Sudamérica.
El problema radica en que es mucho más fácil predicar que dar trigo, y el presidente
Lugo corre el peligro de que el obispo Lugo le eche a perder su labor de gobierno.
Numerosos obispos, desde siempre, tienen la tentación de culpar a los ricos de la pobreza
de quienes nada o muy poco poseen. Con un ojo ven las formas lujosas y confortables de
vida de un sector de la sociedad, mientras con el otro observan a los infelices, ignorantes y mal
alimentados, que subsisten a duras penas, y sacan la equivocada conclusión de que la
miseria que padecen unos es la consecuencia de la opulencia que otros han alcanzado. Una
vez establecida esta inferencia errónea, caen en la tentación de repartir
‘‘equitativamente'' la riqueza. Al final consiguen lo que no se habían propuesto: destruir
la riqueza y empobrecerlos a todos.
Desde hace dos mil años la Iglesia practica el asistencialismo y el presidente Lugo
puede llegar a creer que su tarea como presidente es convertir al gobierno en un gran
aparato de beneficencia, lo que le traería dos consecuencias contradictorias: los aplausos
de la mayoría y la ruina de la totalidad. Es muy sencillo: lo que los curas aprenden y la
experiencia que obtienen en el ejercicio profesional no les sirve demasiado para gobernar
adecuadamente. (No obstante, eso mismo también podemos decirlo de los militares o de los
dentistas que llegan al poder.)
Si el señor Lugo --que seguramente es una persona honrada y llena de intenciones
benévolas-- se convierte en un presidente bueno o malo no será por los saberes que adquirió
en el seminario, sino por su sentido común, la calidad de sus asesores, su capacidad para
concertar voluntades opuestas, y la habilidad que tenga para formular proyectos sensatos,
acopiar los recursos que se necesiten para llevarlos a cabo, y lograr que se ejecuten en
el tiempo y la forma adecuados dentro de los estrechos márgenes que señala la ley.
Gobernar bien es eso. Se trata de crear fórmulas para estimular la producción y la
productividad nacionales, y de asignar razonable y justamente los escasos recursos de que
dispone el Estado para aliviar los infinitos problemas que padece la sociedad. Una tarea
humilde y llena de frustraciones que, hagas lo que hagas, inevitablemente genera un buen
número de detractores y conduce a la melancolía.
La única ventaja que tiene su antigua profesión de cura es que está preparado para
perdonar a sus enemigos, y eso nunca viene mal en política. Suelen ser muchos.