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El don del arte de Luis Miguel Rodríguez

El Nuevo Herald

Nunca había visto un ballet. Pero cuando le propusieron hacer el cartel del XIII Festival Internacional de Ballet de Miami, el pintor cubano Luis Miguel Rodríguez inició una pesquisa entre libros, videos y expertos que culminó en ¡Que suba el telón!, emblema que identificará la fiesta danzaria más importante del año.

''Llegaste a Regla'', dice al que trasponga el umbral de su casa del South West para visitar su estudio. No tiene que advertirlo. Su colección de caracoles, el lienzo de Yemayá sobre aguas turbulentas, las estampas de pescadores carcomidos por el salitre y los delfines tallados en madera delatan su obsesión por el pueblo marino donde nació hace 48 años.

''No inventé nada, la magia de la naturaleza lo puso todo en mis manos'', afirma el artista frente al cuadro de una zapatilla de punta confeccionada por duendes.

La obra, próxima a develarse el viernes en el salón del Teatro Tower en un evento por invitación, forma parte del conjunto de ocho lienzos que el gran público podrá ver a partir del día 5 en la galería Black & White de Coral Gables.

Muy cerca del cartel, una tela muestra una niña que vislumbra su futuro en el arte de las puntas y otro cuadro exhibe una danzante ovillada en un cascarón a medio quebrar. ''Ella está en una cápsula buscando la libertad igual que el resto de los bailarines cubanos que llegan a Miami, donde sólo son juzgados por su trabajo y no por sus ideas políticas'', explica Luis Miguel, quien se jacta de poseer un estilo sin jamás haber tenido formación académica.

Con su inquietud habitual, el artista abre sus catálogos y enseña la página 85 del Diccionario de Pintores Contemporáneos del 2003 donde aparece su perfil. Luego cuenta que a los 12 años, ''cuando era un mataperros'' asistió ''dos semanas'' a la Academia San Alejandro porque no resistió tanto rigor. Con el tiempo, se dedicó a la pesca submarina y a vender sus cuadros para sobrevivir hasta que salió Cuba.

'Siempre pinto con óleo y con frecuencia recurro al amarillo y a los ocres. Mi `surrealismo' se mezcla con la técnica de los impresionistas rusos. Si se fijan en La maja y mi musa o en Preso de su imaginación notarán que destaco la sensualidad de la mujer de una forma más agradable que Dalí'', ríe burlón. ``Sin embargo, también puedo pintar una calavera de donde salen margaritas''.

Después añade que de nada vale asistir a la mejor escuela del mundo porque ``si Dios no da ese don, nadie podrá llegar a ser un gran artista''.

Rodríguez se considera afortunado por el hecho de vivir de su arte desde que llegó a Miami en 1999. Sobre todo, porque dejó de pintar retratos por encargo y convirtió su lienzo en centro de sus reflexiones sobre la vida, la muerte, el sexo, el más allá o la cotidianidad misma. Gracias a su versatilidad temática, su obra reposa en el City Hall de Manhattan, colecciones privadas, exhibiciones permanentes y hasta en un restaurante de North River Drive.

''La música clásica me ha ayudado muchísmo en esta colección sobre el ballet. Como siempre estoy escuchándola todo se me hizo más fácil'', concluyó Rodríguez.• 

aarias-polo@herald.com


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