ESTRENOS
'Twilight', los vampiros también lloran
RENE JORDAN
Crítico de cine/El Nuevo Herald
Peter Sorel / MCT
Kristen Stewart flechada por el joven vampiro encarnado por Robert Pattinson en "Twilight".
Stephanie Meyer publicó una trilogía de vampirismo romántico que cautivó al público femenino de los 13 a los 18 años. Twilight es la primera en llegar a la pantalla bajo la dirección de Catherine Hardwicke, con experiencia en el mercado de teenagers desde la muy superior Thirteen. Saben lo que hacen y ya va lanzada en catapulta al pináculo de la taquilla.
La han clasificado como ''fenómeno cultural'' y con los fenómenos no se juega, mucho menos si recaudan $70 millones en seis días. Admito mi bochorno, pues resulta descortés burlarse de lo que las multitudes veneran, pero en honor a la estricta verdad debo confesar que me mantuvo durante dos horas al borde del ataque de risa.
La palpitante Bella (Kristen Ste-wart) se enamora del enigmático Edward Cullen (Robert Pattinson), aunque de entrada él le revela su inclinación draculesca. En lenguaje gongórico, expresa que nunca antes ansió beber sangre como la que virginal corre por sus venas. Ella está dispuesta al sacrificio, pero sus hematíes no son inmediatamente consumibles. Tan rápida inmolación pondría prematuro punto final al prolongado melodrama, pues ya están en venta otras dos novelas, con la cuarta en posición anotadora.
Edward prefiere ganar tiempo presentado a su familia de inmortales chupasanges, donde el padre es Peter Facinelli, teñido de rubio y no mucho mayor que el hijo que se atascó, cumpliendo los 17, hace unas cuantas centurias. Se van todos a jugar a la pelota bajo tormenta de rayos y centellas, única ocasión en que pueden evitar los desintegradores rayos del sol. Durante esa tétrica base por bolas aparece otra tribu de vampiros rivales, pero se aplaza el combate final hasta el próximo volumen.
Kristen Stewart es una especie de Sigourney Weaver desgreñada y apática. Bella no es tan bella como su adorado tormento, ese Edward de facciones tan maquilladas que apenas le caben en el óvalo facial, aunque enmarcadas por una pelambre que causaría la envidia de Elsa Lanchester en Bride of Frankenstein. Injusto opinar que Pattinson es pésimo actor, porque ningún otro podría asumir semejante rol sin sumirse en abismante ridículo.
El muerto-vivo rehúsa comérsela, refrena su apetito y se conforma con llevarla en casto vuelo sobre los árboles de un conveniente bosque. Aún las acólitas de la serie se quejan de que la adaptación de Melissa Rosenberg no alcanza el seudolirismo estratosférico del original. Así y todo, puede más la devota imaginación y el teatro se estremece en paroxismo de enajenados suspiros cuando Edward está a punto de morderle el pescuezo a Bella.
La fenomenal Twilight tiene su culto especializado y hermético. Pretender juzgarla equivale a colarse sin permiso en un internado para señoritas.